
El CONVERSAR

Camino a la vida, olvidando vivir (poema de Elsa Farrus)
El tren avanza y los paisajes se suceden como fragmentos de un sueño que apenas rozamos.
Las montañas se dibujan al fondo, los árboles agitan sus ramas como si quisieran contarnos algo, los cielos cambian de forma, de color, de latido… pero nadie mira.
Dentro del vagón, los cuerpos están quietos, los ojos clavados en pantallas diminutas que simulan vida, pero que no respiran.
Y me pregunto cuándo comenzamos a desaparecer, a desintegrarnos lentamente, como si ser testigos del mundo real ya no tuviera sentido.
Nos hemos convertido en siluetas que cruzan paisajes sin habitarlos.
Nos diluimos en ese rectángulo de luz, buscando pertenecer a un lugar que no existe, creyendo que ahí fuera, en el reflejo de la pantalla, está la plenitud que nos falta.
Pero el verdadero paisaje sigue ahí, intacto, indiferente a nuestra ausencia.
La vida se despliega, generosa, en cada curva del camino, en el temblor sutil de las hojas, en el azul que se deshace sobre las montañas.
Y nosotros, ciegos, hipnotizados, ignoramos la belleza que nos atraviesa, la que no se puede almacenar, la que no se puede pausar, la que sucede y se va.
Nos hemos olvidado de lo simple, de lo inmenso.
Hemos entregado nuestra presencia a un artificio que promete cercanía y solo nos deja más lejos de todo.
Lejos de nosotros mismos.
Lejos del instante.
Lejos de la tierra que sigue girando, viva, bajo nuestros pies.
Quizá la verdadera libertad no está en acumular información ni en conectarse a todas partes, sino en regresar.
Regresar a lo tangible, a lo que se siente en la piel, a lo que se observa sin filtros, sin juicios.
Regresar a la vida real, la que se desliza tras la ventana mientras el tren avanza, la que existe incluso cuando la ignoramos.
Quizá solo se trata de levantar la mirada, de recordar que todavía estamos aquí, antes de desvanecernos por completo en paisajes que ya no tocamos.
…
Que hermoso poema/reflexión, ese regresar a la vida real, es el presente, el aquí el ahora, un espacio para el silencio, la contemplación y el encuentro con lo simbólico, nuestros ancestros nos dejaron un legado vivo, nunca me voy a cansar de repetir lo urgente e importante que es recuperar el contacto con la naturaleza, nuestras raíces y el silencio que nos alimenta, cuando estamos en inacción que también era una forma de resistencia cultural y es también una forma de salud.
Desde joven, me gustaba leer a Humberto Maturana, biólogo y epistemólogo, cuando vino a Copiapó, fue total, centraba su charla en la importancia de las conversaciones, señalaba que vivimos en un mundo de ilusiones en que lo abstracto se ha vuelto real, pero para nuestro perjuicio. Así, llegamos a creer que el trabajo y los negocios son asuntos de dinero, cuando el dinero no es más que un símbolo de nuestras necesidades y no el mejor de todos; cada uno depende del resto, desde la misma infancia en que el niño no sobreviviría sin los cuidados maternos. Dichos esmeros no son en absoluto materialistas o interesados, surgen de una emoción femenina originada en una cadena de interrelaciones personales durante aquella deriva que llamamos «tiempo».
Parafraseando decía "Para entendernos tenemos que conversar, tenemos que encontrarnos, cambiar juntos. Si yo tengo dos seres vivos, dos organismos que interactúan, inevitablemente van a cambiar juntos".
Se preguntaba ¿Qué es lo peculiar de lo humano? su respuesta es Que vivimos en el lenguaje, que el lenguaje se aprende, que nos hacemos humanos viviendo con otros seres humanos". Lo que hace el lenguaje, se daba cuenta que coordina conductas, relaciones, haceres, sentires, ideas. ¿Qué tiene que pasar para que se den las coordinaciones? Tenemos que encontrarnos, si no nos encontramos conversando, ese fenómeno de la información no va a pasar, tenemos que transformarnos juntos y para eso los seres humanos tenemos que convivir y tenemos que querer convivir, tiene que gustarnos el convivir".
La vida cotidiana es el punto de partida y llegada y que pasa en la actualidad como se lee en el poema, vivimos tan desconectados de la realidad, como zombi, pensando en el futuro y en el pasado, que con tantas distracciones de las famosas pantallas, nos olvidamos de estar presentes en el presente, es como si al conversar perdiéramos tiempo y pasamos largos tiempo distraídos en una pantalla que simula que estamos interconectados.
La mayor parte de nosotros como personas queremos oír que es legítima la existencia, que el afecto, la cordialidad y el respeto tienen un valor, comprendiendo que cada persona tiene acceso a una realidad particular, aceptando que la realidad de otras personas es tan legítima como la propia; que el cerebro de cada uno de nosotros no tiene una verdad absoluta, sino que una verdad subjetiva, sólo así vamos dejamos de tener la necesidad de tener la razón.
Es hermoso entender que el conversar es un fenómeno más profundo que involucra las coordinaciones de acciones y emociones en la convivencia humana, creando mundos de hacer a través de la conversación y la reflexión, en un continuo presente.